Me bombardearon los recuerdos nada más salir de la sala de operaciones.Se me hizo un nudo en la garganta y casi me ahogo.
Por suerte o por desgracia sobreviví.
Sentí mis entrañas revolverse entre arañazos y cicatrices y ¡joder! cómo dolía, que pensé que vomitaría el cadáver de ese órgano que bombea sangre sin parar porque ya no habría sitio para él en mi cuerpo. Acto seguido se me subió el desdén por el esófago hasta acomodarse en el paladar, dándome un sabor amargo que me recordó a las noches en vela de aquella primavera de la que tanto me costó salir con vida (que lo hice a duras penas y quizá porque encontré a mi pseudo-modelo a seguir que llevaba el mismo nombre que mi pena carcelaria)
Por suerte o por desgracia sobreviví.
Morir. Resucitar. Morir. Resucitar. Morir. Resucitar. Morir. Morir. Morir... Resucitar.
Cuando te has visto tan cerca del final y no ves a dónde agarrarte, lo haces, sin duda haces lo que sea por volver a resucitar.
(aunque sepas que no será para siempre)
(aunque sepas que la próxima muerte será más lenta y dolorosa)
(aunque sepas que jugarás con ojos de los que sí te fías, de los que te aprovechas cuando están cerrados o fingen estarlo)
(aunque le vendas tu alma al peor postor)
(aunque te cueste reconocerlo)
(aunque no aprendas nunca, siempre acabarás arrepintiéndote) Porque los parches se deterioran, se despegan de la piel, caen al suelo y al único que le duele la herida es a ti y no al parche.