sábado, 20 de febrero de 2010

De mármol blanco y celeste polar.

Se nos ha pasado en un suspiro otro 20 más. Casi no puedo creer que sean tantos, sobre todo después de que me dejaras haciendo equilibrio sobre una pierna en mitad de la cuerda floja. Luego dijiste que serías como la colchoneta que hay debajo y te creí. Vete lejos... pero no sueltes mi mano.
Se me ha incrustado un nueve en el dedo a modo de alianza (curioso, ¿verdad?) como los recuerdos que se me han ido grabando y cincelando en algún rinconcito de la memoria y que, auguro yo, no podrán borrarse nunca. Azulejos fríos, cuerpos calientes, saliva, apártate el pelo del cuello, déjame que te abrace, dame calor; cama celeste polar, retinas clavadas en las retinas, espejo del alma (del baño); tú, yo; éxtasis en pequeñas dosis repartidas, pupilas dilatadas, desorbitadas; homofonía orgásmica. Tú, yo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Perdóname cariño, es febrero.

Me da miedo que te canses. Mi inestabilidad emocional es directamente proporcional a las ganas que tengo de ser un poco más libre (si cabe, si es posible serlo de verdad) por eso acabo perturbada cuando algo se interpone entre mi capacidad cognitiva y tú, tú, tú.
Dices que eso es imposible pero yo vivo en guerra constante contra algunas regiones de mi cerebro y a veces siento como si se me hubierra borrado, extrirpadas súbitamente, absorvidas por la nada, una nada que sí pesa y tiene color. Otras veces pienso que si no se me hubieran borrado ahora sabría distinguir esa nada de todo lo demás y la ira no sería tan arrogante de mirarme coqueta, sin embargo cada día soy más esa diva de los cincuenta de pestañas altas de la que dije que tendría que parecerme para sentirme sobre la situación y no debajo; no llevo tacones porque eres de nuevo tú el culpable de mi delito y no creo que nunca me vayan me a hacer falta.

miércoles, 20 de enero de 2010

Las obligaciones me pican, pero el 20 no se queja.

Sabes que el tiempo me pesa en las pestañas, que el reloj se me atrasa o adelanta a su antojo y encima todos los charcos que tengo que saltar para encontrar(te) un ratito de soledad de esos necesarios para sacar a flote lo que llevo dentro, vomitarlo pero sin acidez, que fluya. Cada vez tengo menos ratitos, ya casi me conformo con soñar dormida y luego acordarme de algo. Y lo más curioso es que parte de lo que me impide avanzar en ese trecho hasta llegar a ti, obstaculizado por rutina, es además obstaculizado por el trabajo sobre el amor, la inteligencia emocional y la seducción. Puedo dedicártelo si quieres, cuando esté terminado, pero hoy por hoy soy incapaz de gestar a Carolina o de dedicarte algún verso, porque los segundos que pasan entre lapso y lapso de inspiración me desgarran como lobos hambrientos.

sábado, 9 de enero de 2010

Resfriados, parturientas y colapso mental.

Nunca he sido capaz de abandonar nada pero ahora mismo me declaro insolvente de ideas claras, porque no quiero seguir vomitando palabras cuando sé que por otro lado estoy cociendo algo mejor. Mi ordenador está estropeado, eso tampoco ayuda a levantarme el ánimo, y Carolina me pega patadas en el cerebro como los fetos cuando están en el vientre de la madre. Está deseando salir, salir del todo, pero este no es el momento. Ya es demasiado prematura como para forzarla más, no quiero que se hunda.
Supongo que no es de extrañar que el cacharro se haya estropeado con este tiempo, no hay Dios que le quite tanto virus. Pobre, me estornuda en la cara.

viernes, 25 de diciembre de 2009

De hielo puro en las sienes.

El mundo de Carolina, su mente, sus cambios de humor. Todo era intenso y repentino, a veces hasta le dolía que fuera así. Ya habían pasado más de cuatro meses desde aquella vez que sientiéndose infinitamente sola, enfermiza y a punto de desbordarse y deshacerse en agua para acabar infectada en la alcantarilla que había justo al lado de la puerta del Neptuno, Andrés había aparecido de la nada para salvarle, como ella pensaría después. Esa noche cambió su vida porque pensó que él se parecía a lo que llevaba buscando tanto tiempo y creía querer tener. Siempre fue insegura, no sabes hasta que punto lo era, pero en ese instante tuvo la certeza de que se conocerían por alguna razón ineludible.
Ahora es diciembre y el invierno le cincela los huesos y los recuerdos a golpes de incertidumbre escabrosa. Tiene miedo de haber perdido la oportunidad de su vida, la más grande de todas, de haberse destrozado a sí misma, ahogado y sumergido en ese pozo que ella misma cava a menudo cuando de la tierra que se echa encima hace sistemas montañosos que la cubren de lástima.Sí, tenía la puñetera manía de infravalorarse hasta más no poder y hacer creer a los demás que no servía para nada. Su pozo y su silencio, el agua de las alcantarillas, el miedo de no poder respirar; se ahogaba. Aquella noche del 26 de diciembre tenía un miedo atroz a perderse para siempre. Entonces, mientras escuchaba la tormenta que fuera arrasaba con las pocas hojas que le quedaban a los árboles de la avenida, se le ocurrió volver al pueblo donde había pasado, cuatro meses a tras, la mejor época de su vida. Pensó que todavía quedaba alguna posibilidad de que Andrés la recibiera.
Mientras tanto, la noche seguía desvelándola con sus inquietantes sonidos y los recuerdos la bombardeaban de manera intermitente cuando intentaba dormir. Quizás fuera la forma que tenía su subconsciente de querer arrullarla, con recuerdos dulces de sol, porque verdaderamente nadie más lo haría; estaba completamente sola.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Decías: Unidos. Y a mí se me derretían las ganas.

Acabas de irte y las tripas se me han hecho un nudo. Tengo demasiados restos tuyos encima como para no echarte de menos, tu olor, saliva, células varias... trocitos de ti que ya son míos y me apego a ellos para no sentirte desaparecer. Parece una tontería, nos vemos a menudo, pero es que cada vez que pasa un 20 se me hace más difícil pasar el tiempo sin ti. No me gusta.

Y como djo Fito, lo más lejos... tu lado.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Eros y Psiqué.


Me derretía(s). Sabes que conseguías que me ardiera la piel con susurros.

Siempre había pensando que cuando dos cuerpos se atraen tanto se llenan de calor como dentro de una burbuja y por eso no pueden separarse, porque entonce se rompería y destrozarían la magia reduciendola a ilusiones espolvoreada en sus espaldas. Esas espaldas que hierven como sus labios o como sus ojos, sus lenguas o sus manos, quizás ésas ardan más pero no más que los puntos donde se unen lo visible de lo invisible, lo conocido de lo desconocido. Lo que se puede palpar con los sentidos y lo que se puede palpar con ese pedazo de lienzo que todos llevamos enredados en el pecho y le intentamos poner forma pero sólo alcanzamos a llamarle alma y porque la bautizaron los griegos. Lienzo enredado como los cuerpos que danzan y chocan y liberan azúcar por los poros y por eso saben dulces los dos, pero eso lo convierten en palabras bonitas que también se comen pero que no suben el colesterol.

Y todo es un baile de texturas y de olores, no sólo de sabores, que configuran una extraña atmósfera cargada de un oxígeno de nueva creación que los científicos no podrán estudiar sin volverse un poco más locos, un oxígeno que cada uno crea a su manera, con el tiempo, pero que si no lo aspiras puedes axfisiarte igual y entonces te entran ganas de tirarte desde un puente. Pero llega otro cuerpo, que se adhiere a ti, se engancha a tus deseos y te descubre el mundo con nubes de otros colores. Es por eso que desde hace un tiempo las veo que parecen algodón de azúcar, porque de felices se han puesto gordas y redondas y de endulzarlas ya nos encargamos nosotros.