sábado, 11 de julio de 2009

Arte y otros vicios.


Carolina bebe zumo de naranja mientras se pinta las uñas de los dedos de los pies. Las pinta de rojo, su color favorito, que le dicen que le hace juego con la boca. Mis labios son de Marte y el coño, de Venus, pensó una vez justo al terminar un orgasmo.
Carolina es antonímica, sinestésica, paradójica. Contradictoria también pero no siempre, sólo cuando madruga impulsada violentamente por la alarma del despertador o cuando sale empapada de la ducha y surca media casa en pleno enero, buscando una toalla que debería haber estado en la percha del baño. La mayoría de la gente lo llama levantarse con el pie izquierdo, pero como Carolina es zurda, ella piensa que en su caso sería con el derecho.
Se ha terminado el zumo pero sigue con sed, con sed de vivir. Desea desear. Anhela anhelar. Sueña soñar.
Ella quiere ser.
También tiene ansia, mucha, y aún no sabe distinguir de qué porque es algo tan físico y terrenal (casi se le podría considerar banal) que se le escapa de su psyché. Pero no se le escapa que hace mucho que no practica sexo con nadie y empieza a reconocer que lo echa en falta. Carolina ha sido amada por algunos hombres y seducida por algunas mujeres, pero ella sabe que no es bisexual, sólo sabe apreciar la belleza. A veces le gusta pensar que es hermafrodita como Ómicron y que no necesita a nadie para sentir una espiral de vida atravesándole el cuerpo al ritmo de vertiginosas contracciones; a veces le gustaría ser la Dánae de Klimt. Lo cierto es que empieza a tener hambre y no tiene más remedio que cazar para sobrevivir, el amor le parece a día de hoy una promoción de grandes almacenes en rebajas. No lo puede tomar en serio.
Hace cuatro días que se vino a vivir temporalmente a la casa familiar de la playa, aprovechó que estaba deshabitada para instalarse, no sirve para convivir día tras día, noche tras noche y mucho menos con su familia. Piensa que tiene la oportunidad de moverse por calles casi desconocidas y locales donde aún no conocen sus rizos.
Entonces abre la puerta y entra en la terraza a fumar un cigarrillo. Y lo ve. Lo ve. A él. Su vecino, el que vive en otro ático paralelo al suyo, sus terrazas se encuentran muy juntas. Sólo las separa un toldo que ninguno de los dos pretende bajar. Carolina no sabe nada de él pero le gusta fantasear con que es sensible y atento, responsable pero un poco desastre para los horarios e inmaduro para su edad. Debe ser el típico que compra comida precocinada porque todo se le quema y su horno sólo ha conocido pizzas y lasañas de congelador. Pero le gusta el mimo que pone al tender la ropa mientas escucha a los Beatles y los tararea desafinando y canturrea inventándose la letra. El suavizante que usa huele a melocotón y se lo imagina durmiendo envuelto en sábanas blancas, imprenado en una fragancia dulce, dulce como él.
No, definitivamente no hace falta salir de cacería, Carolina es cebo vivo para su presa. Además a ella nunca se le ha dado bien cazar, prefiere pedir la comida a domicio.

3 comentarios:

Caótica dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Caótica dijo...

Mi color favorito también para los pies. Qué gran mujer Carlona ¿verdad? Me recuerda un poco en parte a Caótica Ana :)

un beso de una sin sentido !

marta dijo...

Yo siempre llevo las uñas de los pies pintadas de rojo, es un color que me apasiona.
Como ya te he dicho otras veces, me encanta Carolina, me encanta su mundo y la forma que tienes de describirlo. Es fantástico.
Un beso MUYGRANDE :)