domingo, 18 de julio de 2010

Cuando la crisis llega al país de las musas.


Una causa malherida, con tacón y minifalda
se arrastra, contonea y suplica
bajo las farolas de las Ramblas.


La luna, mueca de angustia,
dibuja un remolino en su melena,
y esta pobre desdichada se deja bajar la cremallera.


Mil pestañas segadoras, mortales abanicos;
todo el que la ve llorar, llora,
se le hace el corazón añicos.


Y ella, desesperada y jadeante,
en un catre sin amor y sin espuma,
se lamenta una vez más de su fortuna
mientras la confunde con una ignorante.


Y ella, princesa sin corona ni castillo,
fulmina con sus ojos al cabrón que le arrebata,
su dignidad, su mayor tesoro maltrata,
y esconde las lágrimas entre el humo de un pitillo.


sábado, 19 de junio de 2010

Tremendamente; humanamente.

Me di cuenta el día que dejé de disfrutar con la mantequilla fundida en las tostadas. Fue en ese momento cuando pensé que tenía que replantearme por qué llevaba dos meses sintiéndome más muerta que viva, que estaba reduciendo mi vida a una conducta autómata, rutinaria y excesivamente física. Tener que hacer las cosas en vez de simplemente hacerlas, eso, hace mucho daño, y no fui consciente hasta que todos los pequeños detalles se estrellaron contra mi servilleta de papel, arrugada y manchada de mermelada de fresa. Mi estómago se había vuelto más impertinente que de costumbre y cada gota de leche que tragaba pesaba una eternidad, casi como los segundos que sobrevolaban mi espalda y yo, sin darme cuenta, desayunando porque hay que desayunar. Y era paradójico pensar que justo en el momento en el que más sabia era, con el cerebro a punto, (a punto de estallar) rebosando de conocimiento, me resultara más difícil conocerme a mí misma y escucharme y sentirme. En los libros de texto no explican cómo des-obnubilar las mentes ni levantar nuestros párpados internos ni recuperar nuestra magia autóctona y personal. Más bien explican cómo nacen y mueren las ideas, pero no cómo resucitar.
Me avergoncé de mí misma, me quedé quieta y luego me prometí que no me abandonaría nunca más.

jueves, 10 de junio de 2010

Un petit parenthèse.

-Je n'ai jamais été jalouse, mais ça me dépasse!
-Quoi?
-C'est mon fiancé. Il reste là-bas avec une autre étudiante de droit, une telle Cristine qui est super...
-Carol, je ne crois pas que...
-Ça y est Gerard, je préfére oublier le sujet.
-Ah, d'accord

(silence)

-Mais c'est drôle! ja ja ja. Carol, s'il te plaît, ne te dérange pas!
-Est-ce que tu est con? Pourquoi c'est drôle? Eh!? Ça ne me plaît pas du tout!
-Parce qu' il ce qui devrait être tout jaloux.
-Quoi?
-Je t'aime beaucoup, Carol, et tu sais que je fais quand j'aime beaucoup à quelqu'un ?
-Non
-Tout

jueves, 20 de mayo de 2010

Y seguir formando parte de los capítulos de tu vida.


TÚ: Yo tampoco escribo mucho ahora

YO: También me he percatado de ello.

TÚ: Prefiero dejar mi inspiración para escribirte

YO: ¿Me dedicarás algo?

TÚ: Existen millones de formas de decir te quiero sin usar esas palabras. Utilizo mi inspiración para encontrar alguna otra forma más para decírtelo. Aunque si prefieres que te lo diga a la vieja usanza solo debes decírmelo.

YO: No sabes lo feliz que me has hecho en estos segundos

TÚ: Pues tendré que esforzarme más, unos pocos segundos están muy lejos de mi objetivo.

YO: No quiero que pienses que solo he sido feliz durante esos segundos, me refiero mientras leía todo eso.

TÚ: No lo pienso.

YO: Soy feliz desde que estoy contigo

TÚ: Pero quiero que cada segundo para ti sea inolvidable para ti

YO: Y yo estoy deseando formar parte de los capítulos de tu vida

TÚ: Ya formas parte de ellos

YO: ¿Sabes? Cuando te estaba leyendo estaba pensando que cómo es posible que seamos tan iguales, porque a mí me pasa lo mismo, me gusta decir te quiero sin decirlo, aunque también con esas palabras, pero tampoco me gusta romper la magia.

TÚ: Te quiero

Yo: Yo también te quiero.




Y desde entonces no he dejado de quererte. 365

sábado, 8 de mayo de 2010

Como guardar los ojos en un réquiem.

Cuando Carolina llegó a Villa Aurora se le partió el corazón al encontrarse a don Julián tan deteriorado. Don Julián era su vecino de abajo, un señor muy mayor que caminaba con dificultad, apoyado siempre en su bastón de punta de marfil en forma de león. Según tenía entendido, desde que se había jubilado tan solo se dedicaba a la pesca y dar paseos por la playa y por el puerto, pero antaño había llevado una vida convulsa, pues había sido escritor y apostado por la libertad en un momento en el que las palabras eran poco más que magia de cuentos de hadas.
Carolina le preguntó por su estado de salud, pues tenía ojeras y la piel muy pálida, los huesos se le adivinaban bajo la camisa blanca y las mangas cortas le quedaban más holgadas de lo normal. Pero sorprendemente no estaba enfermo como ella creía, ni había tenido un pequeño accidente doméstico ni ningún altercado parecido; estaba así de pura tristeza, frustación, calamidad. La fuerza de la memoria era lo que lo mantenía con vida, y al mismo tiempo, lo estaba matando a golpes de recuerdos de sangre. Casi sonó irreal cuando le dijo, con la voz llena de sentimientos encharcados, que llevaba una semana en la que a penas dormía, con el miedo en el cuerpo a todas horas, porque desde que el vecino del primero había empezado las obras escuchaba, un poco antes del amanecer, unos golpes secos en el patio. Esos golpes no eran de otra cosa que de preparar el material y colocar las herramientas, pero a don Julián le recordaba, tal y como le hizo saber a Carolina, a cuando era a penas un chaval y lo metieron en la cárcel por rojo, y todas las mañanas se llevaban a algún amigo al pelotón de fusilamiento.
Carolina le regaló una sonrisa triste y se apresuró a decirle que no tuviera miedo, que esos tiempos ya habían pasado. Pero cuando don Julián se giró para proseguir su camino, no pudo reprimir dos lágrimas de puro fuego que le quemaban la cara como pólvora de cañón. Pues él no era el único que tenía pesadillas con remover el pasado y traerse consigo la tragedia.

martes, 20 de abril de 2010

Coleccionistas de domingos e intercambios de clase.

No existe límite en este ni en ningún otro mundo para nosotros. Los "20" se reproducen con cada mirada de almíbar, con cada impulso de comernos y tu cuello se ha convertido en mi lienzo, donde dibujo sonrisas entre cosquilla y cosquilla.
Nunca antes vi tanta felicidad concentrada en unas pupilas; mi cama huele a tu cuerpo y en cada rincón, una célula tuya. Te tengo grabado entre los pliegues de mi alma, con hilo de plata bordado al ventrículo izquierdo y se me rompen las costuras si, por un casual, dejo de oír los "te amo" que adornan mis orejas. Es entonces cuando pienso que debería cincelarte estos versos en los labios, y borrarlos con saliva y volverlos a escribir, borrarlos y volverlos a escribir, volverlos a escribir...

como si no hubiera mañana.

Porque podría pasarme todas las eternidades que nos quedan exprimiendo mi energía en regalarte las palabras más dulces o inventarmelas incluso, que no habría lenguaje que superase el nuestro propio.

martes, 13 de abril de 2010

Desintoxicación de convencionalismos.


Creía aún que todo había sido un sueño pero no. Durante su letargo, Carolina había perdido demasiadas cosas: había perdido el trabajo, la orientación, la memoria; el hilo conductor hacia lo más profundo de sus entrañas, el cuaderno de Marilyn Monroe donde escribía para desahogarse cuando llegaba de trabajar, el esprimidor y la tetera que le regaló mamá. Se sentó al borde de la cama a pensar y se dio cuenta de que todavía tenía algunos granos de arena incrustados entre los dedos de los pies. Aunque parezca una tontería aquello le hacía feliz porque se sentía de nuevo ella, pero dejando a trás parte del peso muerto que llevaba soportando en la espalda desde hacía tanto. Andrés no daba señales de vida y estaban en abril. Para entonces, creía, habrían escapado juntos a algún punto del mundo lleno de nieve y copitos de tolerancia; de sentido común, de tulipanes...

Permaneció allí, con las sábanas aún medio enredadas en los muslos y una camiseta que ponía Carpe Diem en el pecho. Tenía surcos de sudor en la piel y en los huecos que quedaban libres, estaban incrustados pequeños interrogantes como garrapatas. Todas las viejas verdades se había evaporado, ya no tenía nada claro. Solo sabía que era el Atlántico. Ahora tenía el regusto a vértigo en la boca y las ganas bailando entre las pestañas porque nada a contracorriente de ella misma y la adrenalina siempre la había vuelto loca.