domingo, 25 de julio de 2010

Soy un delfín

Se me suicidó una musa justo en el mismo momento en el que comprobé que tus manos cada vez están más lejos, tu tacto es un espejismo y nuestra isla, un desierto. No me queda fuerza para enfrentarme a una cuartilla de ese cuaderno que conoces y vomitarme entera, ni para soñar con los ojos quitados o dormir con la boca abierta, porque tengo los párpados secos y la lengua me sabe a distancia. Los recuerdos me pican en la garganta y los pulmones los tengo encharcados del cloro que tragamos cuando jugamos a estar vivos en un campo de batalla, donde no hay mayor arma que las palabras y las bofetadas son blandas. No es febrero ni marzo, nadie me ha robado un mes de mi vida y sin embargo es como si me lo hubieran quitado sin darme cuenta. He entrado en una espiral de juventud, de vida nueva, de relojes rotos y raíces que se pueden transportar donde tú quieras. Quiero llevarme las pulseras y los pendientes y los collares, pero me da miedo de la cangrena de los anillos, de las velas que se encienden y huelen a noche, a Francia, a nosotros y de todas esas películas donde había un final feliz. Porque yo esos nunca me los he llevado y las correas son para los perros, no para los delfines.
Pero aunque todas mis yo me griten en silencio, y al unísono, yo pensaré en todas nuestras fotos colgadas en una pared blanca y nueva, casi sin estrenar, como nuestros corazones.

2 comentarios:

La niña que escribió un sueño dijo...

Me ha gustado mucho :)

Espero que tu relato sea ficción. Si no lo fuera, te envío un abrazo enorme.

Un besito color púrpura

mala estrella dijo...

Las paredes se limpian, los corazones no.

: )